Capítulo 1 (Recuerdo para no olvidar)

  1. FEBRERO

Viernes, 1 de febrero de 2019

¿Alguna vez te has sentido decepcionada con alguien?

Yo sí, conmigo misma.

Comenzaré por el principio de todo. Por un viaje que tengo que describir porque no quiero olvidar detalle. Necesito recordar las maravillas que han visto mis ojos y las emociones que ha sentido mi corazón desde que puse un pie en el avión. Cuando me senté en mi asiento favorito, junto a la ventanilla… en ese mismo instante en que mi vista se desplazó al exterior de ese pequeño recuadro sentí una punzada de abismo. Hacía ni más ni menos siete años que había dejado de viajar. En todo ese tiempo había dejado de hacer muchas cosas que me apasionaban: había dejado de vivir emociones, de conocer ciertas maravillas que ni siquiera sabemos que están ahí si no las buscamos. Me había convertido en una persona vieja y hogareña cuando yo era de esa clase de personas que cada vez que ponía un pie en la calle era para comerme el mundo. Y todo esto tenía un nombre: Marcos.

Marcos fue durante siete años mi pareja, mi amigo, mi compañero. Esto que os voy a decir, nadie antes te lo hace saber, ni viene en las instrucciones de la vida, ni siquiera sabes que puede llegar a pasar. Nadie te hace saber que la vida es una escuela de sabiduría que con el paso del tiempo vas aprendiendo, que los días te van enseñando y van moldeando tu personalidad, tu forma de pensar y de ver las cosas. La vida te enseña a opinar y a saber lo que está bien o lo que está mal. Te enseña a recapacitar, a escuchar tu propia mente, incluso las necesidades de tu cuerpo. También te enseña a quererte más con el paso del tiempo y a tomar tus propias decisiones, a decidir por y para ti. La vida te enseña a dejarte llevar, pero sobre todo te muestra la manera de cuestionarte constantemente si realmente te apetece. Te preguntas si de verdad quieres seguir con esta vida o si estás preparada para lo que viene a continuación. Y es ahí cuando viene mi respuesta:

―No. No me apetece seguir con esto, ni estoy preparada para lo que viene a continuación. No quiero casarme. Ni quiero tener hijos. Ni me veo compartiendo el resto de mi vida con Marcos porque no me llena lo suficiente como para seguir regalándole más de mi tiempo.

Porque la vida me ha enseñado, con el paso de mis días, que el tiempo es lo más valioso que las personas tenemos en este mundo, y desde hace unos meses me he dado cuenta de que mi tiempo vale oro. De momento, es lo más preciado que hoy por hoy tengo: un tiempo que se agota con el paso de las horas y, por triste que parezca, con un final escrito… Es algo que ya no puedes recuperar y, por muy bien que tú te tomes las cosas, nadie te va a dar la oportunidad de retroceder para que puedas aprovecharlo como realmente quieres.

Es entonces cuando le eché valor y tomé la decisión de dejar a Marcos y de emprender mi nueva vida como solo yo quería: sin tener que rendirle cuentas a nadie, sin tener que adaptarme a ciertas situaciones que en muchas ocasiones no me apetecían. Y después de esa decisión me sentí tan libre como el aire que respiraba.

Y ahora me encuentro aquí sentada, sola en un avión y pegada a la ventanilla como si fuera la primera vez que viviera esta sensación, pero no, esa sensación la he sentido cada vez que me he ido a conocer un cachito de este maravilloso mundo. Fue entonces cuando conocí a Marcos que dejé de pensar solo en mí para centrarme en una buena persona. Persona que creía que sería el amor para el resto de mi vida, pero nadie me dijo que estaba equivocada y que eso no era amor; nadie me dijo que en una relación no solo puede haber una amistad y un simple cariño, que no solo puedes esperar algo más de la vida cuando tú eres la primera que no das el paso. Nadie te dice que el amor no solo se basa en una estabilidad. De modo que no me quedó más remedio que darme cuenta por mí misma.

Veía que algo fallaba, que mis necesidades eran otras totalmente diferentes a las de Marcos. Tan diferentes que nuestros caminos se habían separado como por arte de magia sin ni siquiera darnos cuenta. Marcos quería formar una familia, quería casarse, vivir felices y comer perdices. Yo, en cambio, quería vivir todas las experiencias posibles que mi menudo cuerpo me permitiera, quería sentir emociones, quería regalarles a mis cinco sentidos constantemente nuevas sensaciones. Quería viajar y recorrer una y otra vez este maravilloso mundo que Dios nos ha regalado, quería conocer culturas diferentes porque me apasionan las cosas originales, quería tatuarme el cuerpo para nunca olvidar los buenos momentos que esas experiencias dejaban a su paso en mi interior. Quería vivir, pero, sobre todo, quería sentir. Y, desgraciadamente, eso con Marcos no lo tenía.

Me costó darme cuenta de que el problema no era mío ni suyo, me supuso ver que nuestras vidas seguían caminos diferentes. Me costó dos años de mi vida descubrir dónde estaba el problema, pero no sin antes martirizarme una y otra vez recordándome que yo no era buena para él. Sin dejar de reprocharme que la culpa fuera mía y solo mía por ser diferente al resto de la gente. Me culpaba de no ser capaz de adaptarme a este maldito mundo; me sentía inferior por no poder encontrarme en mis días. Me llegué a sentir tan perdida que dejé de encontrarle sentido a todo: ya no tenía sueños que me apeteciera cumplir, no tenía ilusión, me pasaba los días haciendo y deshaciendo, buscando pasiones o más bien nuevos entretenimientos y, para colmo, me encuentro con la sorpresa tan inesperada y mal tomada.

Un día de esos en los que creía que cualquier deporte era mi pasión (más bien era una forma de refugiarme del mundo real), entonces descubrí que tampoco había un problema en mi vida, que lo único que existía era una diferencia. Más exactamente, existían dos personas diferentes tratando de crear una vida juntos. Y me di cuenta de que la solución solo estaba en mis manos.

Evidentemente, Marcos no se lo esperaba porque no quería ver la realidad. No aceptaba ese cambio tan repentino en su vida. No entendía la diferencia que existía entre nosotros, pero la decisión estaba más que tomada y sé que, con el tiempo, se dará cuenta, e incluso me lo agradecerá.

A día de hoy, me siento tranquila y feliz con mi decisión. Marcos, hasta donde pude saber de él, llegó a mis oídos que lo estaba pasando realmente mal, que no entendía y que incluso me investigó por si lo había traicionado con otra persona. No me creía lo que yo tantas veces le traté de explicar o, más bien, no quería entenderlo, y entonces fue cuando me di por vencida. Es tan testarudo que no podía creer que estuviera mandando tantos años de nuestra vida a la basura por un «berrinche de los míos», y fue entonces cuando comprendí que yo tenía razón y que, aunque no me arrepentía de haber compartido mis años, él mismo me dio la razón de que yo estaba en lo cierto. Con sus desesperadas palabras consiguió hacerme entender que en todo ese tiempo compartido no me había llegado a conocer, solo se había limitado a adaptarse a mí y a mi espontaneidad de hacer cosas. Ahí comprendí que éramos tan diferentes como la noche y el día porque él disfrutaba de una vida tan simple que para mí era insuficiente.

Y yo… necesitaba más, necesitaba darle a mi cuerpo y a mi mente lo que me pedían a gritos porque si no, llegaría un día en el que esta Elena desaparecería para siempre de este inmenso planeta. Dejaría de ser yo: mi sonrisa terminaría desapareciendo, al igual que el brillo de mis ojos o el simple color de mis mejillas, cada vez que se me ocurría algunas de las mías. Y he de reconocer que casi desaparezco, pero también alego que ahí la culpa fue toda mía…

Con el paso de los días, me he ido dando cada vez más cuenta de que no estábamos hechos el uno para el otro por el simple hecho de no echarlo de menos en esos días más recientes a la ruptura. Por una parte, cuando lo pienso… siento pena, pena por haber sido una persona importante en mi vida y que, con un único adiós, haya desaparecido por completo de mis pensamientos; pena por sentirlo tan lejos que hasta sus recuerdos se han esfumado de mi mente. Solo quedan miles de fotos en algún rincón de mi ordenador que aún no me he atrevido a abrir porque no me apetece seguir sintiendo pena por esos momentos pasados que ya no significan nada, pero no porque yo no quiera, sino porque no lo siento. No lo siento dentro de mí; simplemente, Marcos ha quedado como un recuerdo en el que alguna vez formó parte de mi vida.

2. MI PRIMERA VEZ

Viernes, 1 de febrero de 2019

11:30 horas

El nuevo año ya ha comenzado, aunque del mes de enero no me haya ni inmutado de su existencia. Así que se podría decir que, para mí, el mes de febrero es como la entrada de este bendito y esperado año. Comenzamos un mes nuevo, una vida nueva y, cómo no… una nueva Elena.

LIBRO COMPLETO: https://www.amazon.es/Recuerdo-para-olvidar-SANDRA-RUIZ/dp/8413388805

Si quieres seguir sabiendo más de mis historias déjame tu correo aquí de bajo y nos leemos.

¡Besos y abrazos!

Se está procesando…
¡Bien! Ya estás en la lista.

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